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Para la angustia: dormir, soñar

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Como usted sabe, lector -si lo hubiere para este relato-, el hombre es el único animal que tiene la fatalidad de sufrir angustia y expresarla. Menos mal que la ciencia, producto de los hombres, ha elaborado ciertos sedantes, maravillosos fármacos, para devolvernos la calma. Yo, cuando tropiezo accidentalmente con alguno de los imprevistos y groseros sucesos de la vida ordinaria, no puedo resistir a la necesidad de deslizar en el organismo transmisor una de esas reparadoras grageas, cuando el disgusto o la angustia suben de tono… Pero suelo acompañar la ingestión con un necesario acomodo del cuerpo en posición relajante. El mal de angustia -ya lo sabe usted- anuda este órgano sufrido, esforzado y heroico que es el corazón, blanco de todos los impactos. Pues a él hay que buscarle posición adecuada. Y la más consecuente (se la aconsejo) es la de la media vuelta sobre el costado izquierdo, con el cuerpo tendido. Así se le da asiento muelle y firme al corazón. Si esta posición lateral n

A la mar salobre & Renacimiento

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A la mar salobre  Quisiera mirar la mar con los ojos de aquellos poetas que no intentaron explicarla, puesto que es imposible encerrar la belleza en un concepto humano.   ¿Cómo definirte salobre masa inmensa? Mar del pescador que saborea tu riqueza, mar del marino que con miedo se adentra en tus secretos, mar del comerciante que une a las orillas de los océanos, mar del buzo que extrae perlas y destruye tus riquezas mar de los almirantes que te hacen campo de batalla. Desde la playa, mar salobre, eres el absoluto todo en el que se hunde Dios todos los días. Indago e interrogo si las olas arrojarán a mis plantas, en un remoto mañana, una lámpara encantada de la que surgirá el genio que me permita descubrirte, en un silencio de Conrad, como delfín, como orca, como salmón, como tintorera, como habitante de tus hondas. Tal cual hombre, desearía ser un niño náufrago o un pirata bueno que conozca todos tus refugios; mar de Salgari, mar de Julio Verne: de todos los hombres honestos. Rena

Fraternidad & Cronos

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Fraternidad El revolotear de las aves y los pájaros es también el vuelo de los halcones y las águilas. Luna y sol, morena y macarena, luz y oro, mis hermanas modelaron mis alas. Ellas olvidaron al Icaro fracasado y le dieron compañía al Icaro triunfante: vida pequeña bondadosamente maliciosa, ira y alegría plagadas de virtud. Moradoras del porvenir en las alturas de los Andes encontrarán al nido de los cóndores, vencedores del viento huracanado. Comerán de sus picos el sueño de la Libertad. Cronos He querido mirar al mundo como pájaro, desde la altitud de una simple hierba mojada. Mi cumbre no necesita de nubes que la oculten, ni elevo volando mis sueños cuando cansado duermo. Perfectamente sé que ayer nací y mañana moriré, pero del ayer quiero rescatar la discreta luz de una /lejana estrella y del mañana la ilusión de verla nuevamente recostado /en el bagazo, esa es la eternidad que deseo para mi fugaz paso /por la tierra. Si alguien aqu

Itinerario de pasiones

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(I) Perfil de ilusión Julián Morel y Alberto Silva, dos amigos íntimos, jugaron con el amor en sus años mozos, echando suertes a la felicidad o a la malaventura. Estos dos novicios de la existencia fueron dando forma a sus episodios para lo fugaz, el uno, y para la vida entera, el otro, en su paso por la adolescencia. ¿Quién escapa a este juego naciente, en la edad temprana? Para unos, lo que se llama amor, tiene engañoso aroma de ilusión, en deletérea aventura pasajera, en tanto que para otros es una emboscada seria, en la que quedan definitivamente atrapados. Morel era un muchacho que no servía para nada, pero que tenía sangre dulce para hacerse de amigos. Alegre, bromista, cordial, era el tipo que atraía, que caía bien. Gastaba el tiempo en pasear, vagando con los amigos y galanteando a las chicas que se hallaban al paso. Su amigo Silva estudiaba, era de natural serio, adentrado en sí mismo, de temperamento apasionado que odiaba las veleidades. Ambos tenían amistad con las mu

Día

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La tarde huele a tarde y vas conmigo por la tarde, consuelo de las horas sombrías me conduces a la noche, noche que sabrá a noche y nos acercará a la eternidad de la alegre madrugada, madrugada que beberemos como madrugada, presagio del dorado amanecer, amanecer que veremos amanecer sin recato ni inocencia, sin ruborizarnos, para embarcarnos en la mañana, mañana que viviremos como mañana plagada de futuro y utopías, en las que habitaremos esperando el medio día. Poesía de Víctor Arias Bermeo

Cueva de Los Tayos

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¿Llegará el día del encuentro entre el águila y el jaguar? El océano verde añora la esperanza de recorrer con el hombre los túneles vacíos que invitan al vuelo y esconden la presa del felino. Realidad desbordada en el universo del mito, donde posibilidades infinitas laboran los inimaginables sueños que brotan de la chicha y la ayahuasca; anidando la libertad de viejos dioses, entre las liturgias olvidadas del Chamán, incapaz, hoy, de purificar las tierras manchadas por el origen de todas las hogueras y el viento de arenas negras, precursor del desierto creado por nuestra conciencia sin voz y el amado interés. Poesía de Víctor Arias Bermeo

Inspiración

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Queriendo hacer transitar lo mío sobre el abecedario y las palabras descubrí que ya no soy el mismo niño que soñaba con dominarlas a la orilla del río. Hoy, ya preparado para mirar el mar, añoro las pequeñas quebradas andinas y la voluntad de bañarme en fríos riachuelos; pero, atrapada en alguna rama, me pregunto ¿Qué haces inspiración? Me acompañaste, fiel pasajera, en los vasos de las cantinas pobres y en las sonrisas tristes de los alegres burdeles. Encontraste belleza aún en las fétidas alcantarillas y hoy no eres novia mía, nuevamente, ni en los atrios de las catedrales. Perdóname, no me elevo a tus regiones escondiéndome del viento frío, y cada vez más siento que te necesito, aunque de ti solo me quedan los restos que saborea mi memoria cuando transita por los felices días que presidías en el adolescente ayer. Poesía de Víctor Arias Bermeo

Amito señor

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 Los animales mansos - José María Bermeo Amito señor -Buenos días, su mercé. -Ven, Mariano. ¿Qué quieres? -Solamente preguntar a su mercé si mismo va a mandar uy día las bestias de silla para que venga familia de ñora Rosaura, sobrina de Mama Grande, para ir a coger animales. -Anoche te dije ya que esto tienes que hacer y todavía me preguntas, indio zoquete. -Bueno, perdone no más patroncito, como su mercé manda. Doña Ursula Castañeda, a quien llamaban Mama Grande, fue casada con el rico señor don Santiago Montenegro, hermano del padre de Patricio. Viuda sin hijos y dueña del enorme dominio de “Bellavista” constituyó como su único heredero a su sobrino Patricio, tomándolo a su cargo y cuidando desde la más tierna infancia, por haber quedado huérfano. De ahí que Patricio, desde su temprana adolescencia, mandaba y disponía en el latifundio como parigual de doña Ursula. Patricio Montenegro, el joven amo, frisaba apenas por los catorce años de edad, pero, como much

La casa de mis abuelos

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La ciudad pequeña y provinciana aún tiene lugar para mí, siempre lo supe, pero su más querido encanto es remontar los años y devolverme la vida de un niño que exploró sus techos, sus aguas, sus tapias, sus cerros, sus sótanos, sus criptas, sus bosques, sus patios, sus parques… Todo ello sucedió sin saber que soñaba y jugaba, acariciado por el sol, la lluvia y el viento; llevado de la mano por mi padre y mi madre; protegido por esos ancianos abuelos y familiares llenos de consejos, sonrisas y risas. Pero, si algo añoro ahora es la presencia de aquellos ambiciosos aventureros que, cansados del fútbol callejero y encestar pelotas, eran capaces de trasponer los dinteles prohibidos para, en la puerta, jugar a la guerra, a ser artesanos del lodo arcilloso, a descubrir con sus perros el mundo del que nos separaba el arroyo. Primos y primas, amigos y amigas, todos entraban a la casa de mis abuelos, cuando la vida era fiesta y los cafés eran maltratados y consumidos a

Banderillero

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Castigado y herido, el noble toro no se explica su existencia es esa plaza ebria, donde el cenit no oculta ninguna fantasía. Sus adoloridos ojos buscan al varilarguero que probó su casta, pero los clarines cubren la retirada de la cabalgadura apitonada y ciega, con su cruel jinete. Entonces surge, desde el rincón más oculto del ruedo, el banderillero armado de dos puñales, que despiadados siente el astado dentro de su carne. El público vibra y aplaude la rápida huida del verdugo, el toro gime enloquecido y meneando la cabeza no encuentra su incógnito enemigo. Nuevamente el rito se repite, los mostrados ganchos empapelados hacen rugir a la multitud, se inicia la carrera, se detiene y vuelve a emprender; los pitones alzados, las patas meneándose en el aire, la sangre desperdiciada antes de la faena, y ya la gloria no es del toro sino de su cobarde torturador. La música premia el baile del bailarín y el coso entero da inicio a la fiesta noctámbula, nueva

Valle de los Chillos

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Déjame hacer yo tu apología y elegía. Pensar en ti es participar de tu maravilla, en esos hombres y mujeres que vagan por tus parajes sintiéndote suyo, porque los contaminados ríos no han cambiado su alma y los mercaderes todavía no han ocultado esos horizontes llenos de volcanes, respetando el designio que quiso hacerte bello. Te he contemplado desde el Ilaló y las orillas de límpidas lagunas, desde el vicio y la virtud. En la cantina te adoraba y en la iglesia te extrañaba, moría en tus anaranjados ocasos y revivía con tus amaneceres rituales. Suburbio de pobres y ricos, quisiera que la naturaleza embriague al odio y que tu semidestruida paz sea la del mundo. Poesía de Víctor Arias Bermeo

El chico de la rampa

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Los animales mansos - José María Bermeo El chico de la rampa Mi amigo Ernesto Valdés despertó mi curiosidad y atrajo mi atención desde que fuimos compañeros de curso en el colegio. Allí se forjó nuestro acendrado compañerismo, abierto, sin reservas, a todas las confidencias. Pasaba ante los demás como un joven excéntrico. Era lo que también llamaba mi atención cuando nos sentábamos en clase. No era su compostura la simplemente correcta; era más: meditativa, triste. Se abandonaba en el aula en actitud abstraída, con la mirada fija en posición longincua. Se conjugaban en Ernesto el temperamento reflexivo y el sentimental que en él preponderaba. Su tonicidad interior, afinada en la contemplación del mundo sensible, no se detenía en la superficie de los entes y de las cosas; resbalaba sobre las figuras, sobre las apariencias, para llegar al fondo. Su espíritu exigente tocaba la angustia, en veces. No se colmaba, en pleno embeleso, con el espejismo exterior de lo aparentement

Borrachera

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Durante unos momentos las fantasías ocultaban al abismo y el cataclismo de risas nos precipitaba hacia las sombras arrastrando con nosotros el universo y todas sus estrellas. El ritual se repetía durante la mañana, la tarde, la noche de los días, los meses, los años. No ignoro la felicidad de encontrar al sol en algún amanecer repleto de sueños angustiosos, no olvidados por inolvidables; pero descender a los infiernos de la tierra no era la recompensa que buscábamos en las copas que vaciamos y los tragos a cuya servidumbre encomendamos inmensas ilusiones. Adiós sabio océano de fulgurantes respuestas, la lúgubre lucidez de las madrugadas ya no es una necesidad del mundo sino un vicio del alma, al cual jamás condenaré. Poesía de Víctor Arias Bermeo

Encuentro a la sombra de un arupo

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Recorriendo las célibes arenas, cada una esculpida por mis manos, dí con la historia y geografía de mi mundo; estaba desnudo, rodeado de mis pecados y mis /obras; hasta por Dios abandonado, ninguna fuente reflejaba /mis máscaras heréticas. En las torbellinos de polvo mi rostro no se reconocía en otros rostros, durante las noches había puesto mi destino en las /estrellas y la luna; negándome a que mi sombra me acompañara, en los días que el sol, tacaño, me reconocía. Un día, mientras caminaba por ese mar seco y sin sal, me quiso enseñar sus secretos un pájaro pequeño, porque deseaba albergarme al pie de su perdido /nido. Pude volar y la noche se hizo innecesaria, despertando nuevamente mi pasión por lo infinito. Pronto, juntos ya dominábamos el cielo y aventurándonos en sus lejanos horizontes, descubrimos, al pie del púrpura más triste, las flores de un inmenso y fuerte arupo, y, en él, al nido y la muchacha. Poesía de Víctor Arias Bermeo

Noches del Hendaya

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No había dado ninguna noche por perdida, el misterioso encanto de la luz me unía a la ciudad con su arrebatado firmamento, siempre busqué la felicidad en cada trago consumido, la oscuridad era mi estado y compañera. Estaba cansado de vagar y bogar por las mojadas calles de pavimento oscuro, cuando encontré a la puerta de mi casa el hogar de mis amigos, el sitio de carnavalescas fantasías, la vena abierta a quijotescas carcajadas, el vestíbulo del cielo y el infierno. Era el Hendaya, la habitación abierta a los sueños /de un hermano, el refugio para la soledad instigadora de mis vicios, el pentágono de líderes rebeldes, el viejo bar, imaginado, que murió siendo niño todavía. Mi pacto con la sociedad no contemplaba la destrucción de esa vertiente, testiga del amor y sus festines embriagados llenos de semilúcidas ideas. Adiós barra de madera aristocrática, fin de mi juventud. Poesía de Víctor Arias Bermeo

Dobleces

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Los animales mansos - José María Bermeo Dobleces (Diálogo sobre la múltiple personalidad) Nos lo habíamos prometido. Humberto y yo –dos viejos amigos- realizamos el concertado encuentro en la capital. Sabíamos donde nos encontraríamos allá. Humberto iba, como a su propia casa, a una conocida residencia inmediata a la plaza “Sucre”, y yo hallaba hospedaje en casa de una amable dueña de cuartos de alquiler en la calle “Mama Cuchara”. Estábamos, pues, cerca el uno del otro. Coincidencia y suerte de paisanos. En nuestra primera salida por las calles de Quito nos topamos con el cordial amigo ingeniero Duarte, que a la sazón presidía la Asociación Lojana. -Hola!, cuánto gusto de verle, dijímosle, al par de los sendos abrazos. -Para mí es la suerte, amigos, y en tan preciosa ocasión, tan a tiempo… -¿Qué pasa, ingeniero? -Pues que ustedes han llegado, como ex profeso, para celebrar las bodas de plata de la fundación de nuestra entidad. Así que me place invitarles a nuest

El caballero que falleció sin sucumbir

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De todos los instantes admiro el de la muerte, recordar un momento todos los que viví y viviste: ¡poderte decir Padre de nuevo y por vez primera, revivir la fortaleza del músculo indomable y la bondad de tu sonrisa que seguía siendo inteligente aun al transformarse en risa y carcajada! El postrer beso resucitará a la memoria: al ágil agitarse de tu cuerpo en el duro bregar contra-corriente, entre las ondas del río, a veces tierno otras enardecido. Porque: ¡con enseñarme los secretos de la mar y mostrarme las estelas de los barcos, fuiste huella que sigue siendo huella aunque toneladas de agua la arranquen del océano! No te olvido: joven, maduro y casi viejo permaneces y permanecerás en aquella virtud que hiciste camino. En él resucitarás y por tu dulce faz recorrerán nietos, bisnietos y discípulos; también, acaso, por la ira estallando pura al no soportar al mundo sus miserias ¿Qué lecciones da a la vida fugaz la eterna tristeza de la muerte?