Para la angustia: dormir, soñar


Como usted sabe, lector -si lo hubiere para este relato-, el hombre es el único animal que tiene la fatalidad de sufrir angustia y expresarla. Menos mal que la ciencia, producto de los hombres, ha elaborado ciertos sedantes, maravillosos fármacos, para devolvernos la calma.
Yo, cuando tropiezo accidentalmente con alguno de los imprevistos y groseros sucesos de la vida ordinaria, no puedo resistir a la necesidad de deslizar en el organismo transmisor una de esas reparadoras grageas, cuando el disgusto o la angustia suben de tono… Pero suelo acompañar la ingestión con un necesario acomodo del cuerpo en posición relajante. El mal de angustia -ya lo sabe usted- anuda este órgano sufrido, esforzado y heroico que es el corazón, blanco de todos los impactos. Pues a él hay que buscarle posición adecuada. Y la más consecuente (se la aconsejo) es la de la media vuelta sobre el costado izquierdo, con el cuerpo tendido. Así se le da asiento muelle y firme al corazón. Si esta posición lateral no bastare, vale ponerse decúbito prono, estirando en reposo el brazo izquierdo y colocando la cabeza al extremo de la almohada, para dejar caer el brazo derecho, desgajado, desde el filo del lecho. En esta postura, a la larga, viene la calma, y hablo por mí que es como, en casos extremos, he sabido encontrarla. A veces, así he logrado estar mejor, para dormir o para morir. No puedo descartar la posibilidad de que este suave dispositivo de mi cuerpo, en procura de reposo, pudiera servir de escenario bien preparado y llamativo para que se me encontrara muerto de verdad, muerto de repente.

Sucedió al anochecer.
A la mañana siguiente, la puerta de mi cuarto no se abre. La doméstica habría llamado una y otra vez para servirme el desayuno. Golpes y más golpes, a intervalos. Yo no puedo contestar porque estoy en profundo sueño. Vuelve a llamar más tarde. Igual. ¿Qué será…? Al fin se decide a empujar la puerta de mi dormitorio. Qué raro! 
La doméstica siente alguna inquietud… (Esa postura boca abajo, la cabeza ladeada al extremo de la almohada, el brazo caído y el señor, al parecer, sin resuello…) Piensa… Es realmente para asustar. Viene entonces la alarma.
-Por Dios! Señora Elsa! Señora Elsa! El señor Juanito parece como si estuviera muerto. Venga a ver…
-No ha de ser nada! Así mismo es este Juan. Siempre se encierra en su cuarto -contesta.
Qué le va a importar a Elsa lo de siempre… Ella se acostumbró a estar sola en su dormitorio y allá el esposo Juan que permanezca en el suyo.
Se habituaron a la vida aparte. Al fin, los matrimonios se cansan, se agotan. La vida del hombre y mujer, compartiendo el mismo lecho hasta la vejez, se torna en seca, vana y hasta vergonzosa costumbre. Los viejos no son como los jóvenes. Ya no tienen nada que hacer en eso… Para qué van a dormir juntos dos cuerpos que la vejez transforma en dos sacos fláccidos, mustios, fríos, como odres que el tiempo a arrugado y resecado. No! Estos pergaminos ya no se animan y se estorban como dos vejigas infladas o se repugnan como un cadáver junto a otro cadáver tendido…, con la desgracia de sentirnos cadáveres vivientes.
Volviendo a mi cuento, diré que yo, Juan, no morí en la noche aquella. No pude ofrecer, al día siguiente, el espectáculo del hombre muerto de repente, que acarrea los obligados lloriqueos, los acostumbrados lamentos:
“Hay! Cómo pudo haber sucedido esta desgracia! No creíamos que iba a resultar esto”…
Las palabras que se reservan para el hombre muerto y que, por supuesto, no se oyeron en vida: “Tan bueno que era”.

Elsa: “Me arrepiento y me siento como culpable por no haber estado siempre al lado de él, mi querido Juanito”.

Enhorabuena, Elsa. Estos ayes no están más que en la imaginación.
Cuando llegó la sirvienta, ya bastante entrada la mañana, y se pusieron a meter bulla a mi rededor, desperté de un raro sueño. Esta vez el barbitúrico no me hizo pasar la noche del todo tranquila, en la inconsciencia de un dormir imperturbable. Alucinó mi imaginación, transportándola a algo así como un atractivo lugar o asilo campestre: una especie de cementerio turístico, en un jirón agreste, matizado de agua y de verde campo, donde se había congregado gente de distinción.
Yo asistí a ese lugar con mi traje nuevo que lucí hasta la noche y no sé cómo logré llegar con él a ese paraje imaginario, pues no recuerdo hospedaje, cuarto separado, cama o cosa parecida. Todo se desarrollaba a la intemperie, en común y grande confusión.
Personas de rostros extraños, en posturas raras y con ropajes pintorescos, se agitaban por aquí y por allá. Parecía, al mismo tiempo, como que unas se desvestían para dormir y otras para tomar un baño. Yo no sabía que hacer. Estaba absorto y me sentía inquieto, entre esa gente desconocida, sumido en el confuso y desordenado sueño.
De repente, noté que me faltaba la mayor parte de mis vestidos. Cosa extraña: los había perdido. Llevaba puesto mi saco y me faltaban pantalón, calcetines y zapatos. ¿Qué hacer en trance tan peregrino y difícil? ¿Cómo acabaría de vestirme para salir de esa confusión y ponerme en marcha a otro lugar?
He aquí la pesadilla, la angustia de la vigilia transformada en la angustia onírica de lo absurdo. Y, en medio de todo, el tremendo ridículo, el cual me libró el despertar.
Los animales mansos – José María Bermeo Valdivieso