Noches del Hendaya


No había dado ninguna noche por perdida,
el misterioso encanto de la luz
me unía a la ciudad con su arrebatado firmamento,
siempre busqué la felicidad en cada trago consumido,
la oscuridad era mi estado y compañera.
Estaba cansado de vagar y bogar
por las mojadas calles de pavimento oscuro,
cuando encontré a la puerta de mi casa
el hogar de mis amigos,
el sitio de carnavalescas fantasías,
la vena abierta a quijotescas carcajadas,
el vestíbulo del cielo y el infierno.
Era el Hendaya, la habitación abierta a los sueños
/de un hermano,
el refugio para la soledad instigadora de mis vicios,
el pentágono de líderes rebeldes,
el viejo bar, imaginado, que murió siendo niño todavía.
Mi pacto con la sociedad
no contemplaba la destrucción de esa vertiente,
testiga del amor
y sus festines embriagados
llenos de semilúcidas ideas.
Adiós barra de madera aristocrática,
fin de mi juventud.