El chico de la rampa


El chico de la rampa
Mi amigo Ernesto Valdés despertó mi curiosidad y atrajo mi atención desde que fuimos compañeros de curso en el colegio. Allí se forjó nuestro acendrado compañerismo, abierto, sin reservas, a todas las confidencias. Pasaba ante los demás como un joven excéntrico.
Era lo que también llamaba mi atención cuando nos sentábamos en clase. No era su compostura la simplemente correcta; era más: meditativa, triste. Se abandonaba en el aula en actitud abstraída, con la mirada fija en posición longincua. Se conjugaban en Ernesto el temperamento reflexivo y el sentimental que en él preponderaba. Su tonicidad interior, afinada en la contemplación del mundo sensible, no se detenía en la superficie de los entes y de las cosas; resbalaba sobre las figuras, sobre las apariencias, para llegar al fondo. Su espíritu exigente tocaba la angustia, en veces. No se colmaba, en pleno embeleso, con el espejismo exterior de lo aparentemente bello, sino que se dolían su sensibilidad, su pensamiento táctil, su fantasía exaltada, tratando de encontrar la textura interior, simple, descarnada: la entraña repugnante y deleznable. Pensaba: ese bello rostro de mujer; esos ojos grandes que cautivan y, espléndidos, llenan las cuencas orgánicas; esa boca escarlata, coquetona y sensual, que luce en su sonrisa los dientes como perlas; esos senos exuberantes, frutales, móviles; esa piel tersa, fresca y nacarada, que dora lo blanco, como suave pétalo de rosa; esos muslos ondulantes, ese talle llamativo, no me engañan. Tras de todo eso está el esqueleto, están las vísceras repulsivas.


Estos pensamientos tornaban a Ernesto casi en un obseso. Así no podía hallar satisfacción en nada. El esqueleto oculto le torturaba; ese disfrazado ángulo recto, esquemático, descarnado, que en el ser humano sostiene la hermosa y decorada cabeza con la espina dorsal.
A tan preocupantes extremos llegaba la tendencia analítica de Ernesto, llevándole, hasta involuntariamente, a una innecesaria desazón espiritual.
Así comprendí yo el alma de mi amigo, por cuantas declaraciones él me hiciera. Él mismo se consideraba como algo anormal, extraño en sí mismo. Hasta los actos de la vida ordinaria tenían para Ernesto un significado peculiar, aleatorio, que le hacía entrever algo oculto, contingente.
He aquí el relato que me hizo Ernesto, de un hecho de su vida corriente, que para el común de las gentes hubiera pasado acaso sin cuidado ni importancia.
Refirióme lo que tuvo que sufrir un día, al salir de su cortijo, donde le acompañaba su esposa Inés, para emprender en su viaje a la capital.
Habría de dejarla a Inés, sola, con sus hijos pequeños, pues así requería la atención de la casa y la vigilancia de ciertos trabajos. Ernesto debía partir. Volvería pronto, porque sin su mujer y sus hijos se sentía triste, angustiado.
“Quise volver la espalda a mi dolor –me dijo-, poniendo alas a mis pies para salir volando, antes de acabar de fundirme…”
Para él, la despedida, el abrazo, era un aro candente que fundía los cuerpos y las almas, o cual veneno corrosivo que no podían lavar las lágrimas amargas.
La casa estaba al pie de una rampa cruzada por una acequia. Atravesaba la cuesta un caminito de a pie, en zigzag. No había tenido Ernesto el valor de buscar a su pequeñito, el último de sus hijos: Alfonsino. Acababa de dejar a los que quedaban en casa y tenía los ojos empañados. Salió casi sin ver, como despavorido, y cuando ya pasaba frente a la rampa descubrió a Alfonsino que bajaba, con su cabecita inclinada, por el sendero angosto y pedregoso del ribazo. Vio su cabecita de pelo corto, de niño de tres años. El chiquitín no divisó a su papi, por su andar, pasito a paso, baja la cabeza. Ernesto le contempló, sólo un instante, dudando entre esperarlo o dejar que bajara tranquila e inconscientemente, sin percatarse de la despedida del padre. ¡Cuántas veces pudiesen ahorrarse las lágrimas, mucho mejor! Y Ernesto optó por alejarse rápidamente, sin volverse a mirar atrás.
En trance así, un temperamento como el de mi amigo se agitó en un fondo de temores e ideas aberrantes…: que el destino es una cosa ignota e impredecible, un hado servil a lo bueno y a lo malo…; que eso de ir confiado, en cuerpo y alma, a una máquina ciega –el avión que iba a transportarle-, era como si se enfundara en una amplia y cerrada camisa de fuerza, en la que nada se podía hacer, sino ir encadenado a la combinación falible de elementos manipulados y dirigidos artificiosamente por un individuo tal, supremo árbitro para impulsarlos a las alturas, llevarnos a buen término o precipitarnos al abismo. Y en ello va apenas nuestra vida. Pensamos así y menospreciamos las contingencias. ¿Qué ceguera nos impulsa a jugar con nuestra existencia? Nada más que el sentido de lo usual, como los niños que se divierten con sus juguetes.
Estos y otros pensamientos hervían en la imaginación de Ernesto. ¿Y si sucediera lo fatal…? ¿Acaso no lo hemos visto más de cien veces…? Sería el corte que trastocara algunas vidas. ¡Oh, si no volviera a verlos…! ¡Nada de la felicidad de los hijos, de vivir hasta ver a los padres viejos! ¡Nada de la felicidad de éstos, de llegar a ver bien formados a los hijos grandes! ¡Cosas felices u horrendas que ocurren en la vida vulgar!
Pero lo de Ernesto no pasó de un vano e inquieto devaneo, propio de una sensibilidad excitada.
Volví a ver a Ernesto después de algunos años. Mi amigo envejecía y era, como antes, muy amante del campo.
Alfonsino había ido a cursar estudios en Quito; volvía en vacaciones y, en su último retorno, fue a visitar al padre.
Una tarde, al verle a Ernesto bajo el sol estival, vigilante y ocupado en trabajos de cultivo, se le acercó Alfonsino, tierno, afectuoso, preocupado, a exponerle sus temores, ponderando su visión de las cosas, pensando que lo que era para Ernesto deber, satisfacción del trabajo, amor y entrega a la tierra, estarían acumulándole fatigas, desgaste de fuerzas y energías. Entonces, más valía para Alfonsino la buena y reposada vida del “papi”, y le pedía que hiciera entrega de las tareas a sus hijos. Todo esto con ternura, con afecto y celo filial inocultables, que calaron muy hondo en el corazón de Ernesto. Me lo refirió conmovido, bien pagado, dichoso, porque comprendió que como él sabía sentir también su querido Alfonsino, que le estaba devolviendo el amor, para hacerle la vejez tranquila y feliz.