Dobleces


Dobleces
(Diálogo sobre la múltiple personalidad)
Nos lo habíamos prometido. Humberto y yo –dos viejos amigos- realizamos el concertado encuentro en la capital. Sabíamos donde nos encontraríamos allá. Humberto iba, como a su propia casa, a una residencia inmediata a una conocida residencia inmediata a la plaza “Sucre”, y yo hallaba hospedaje en casa de una amable dueña de cuartos de alquiler en la calle “Mama Cuchara”. Estábamos, pues, cerca el uno del otro.
Coincidencia y suerte de paisanos. En nuestra primera salida por las calles de Quito nos topamos con el cordial amigo ingeniero Duarte, que a la sazón presidía la Asociación Lojana.
-Hola!, cuánto gusto de verle, dijímosle, al par de los sendos abrazos.
-Para mí es la suerte, amigos, y en tan preciosa ocasión, tan a tiempo…
-¿Qué pasa, ingeniero?
-Pues que ustedes han llegado, como ex profeso, para celebrar las bodas de plata de la fundación de nuestra entidad. Así que me place invitarles a nuestro local, para la noche de hoy que se hará la exaltación de la reina electa de la Asociación. Ya saben: no faltarán, y no esperen invitación por escrito.
Humberto y yo nos alistamos al punto y, a la noche, estuvimos en casa de la Asociación para ver caras recordadas y caras nuevas de paisanos. Tanto tiempo desvinculados, sin saber nada de la gente de la capital y allá menos de nosotros. Eso sí, por la misma desvinculación nos sentíamos algo cohibidos, con la sensación molesta del espíritu huraño, aún no hecho a las circunstancias. Acaso los “chagras” que ya dejaron de serlo, se nos presentarían como en zancos, por sus buenas posiciones en Quito: unos con altos cargos del Estado, de ésos en cuyos despachos, sobre la puerta principal, se lee: “Aquí sólo se atiende de 4 a 6 p.m.”; y otros con lujosos bufetes profesionales que les da bastante importancia. Yo y mi amigo todavía no habíamos perdido el pelaje de provincianos. Todo esto nos traía una fútil y ridícula inquietud oculta, que no merecía que nos la confesáramos. A ver!: ¿quiénes podrían estar ahí? Entre los fueron compañeros en el “Bernardo Valdivieso”: Manuel Gutiérrez, el amigo con quien preparamos el grado de bachiller; Raúl Hidalgo, que había hecho viajes al exterior y debía lucir su importancia; Máximo Acosta, también probable concurrente y acaso el distinguido Patricio Montenegro, que estaba en toda ocasión solemne y gozaba de grandes rentas patrimoniales en Quito. Habrían otros de distintos rangos, a quienes el solo ambiente capitalino les diera lustre, y tal vez se animaran a concurrir también los grandes paisanos, que por su alta celebridad casi no asisten a esas pequeñas cosas.

Llegamos y, en hora buena, se adelantó a recibirnos el jovial ingeniero Duarte, siempre afable, sonriente, dueño de un humor que nunca cambia. Simultáneamente, al hacerse notoria nuestra presencia, saltó a nuestro encuentro el camarada Gutiérrez, con un fuerte abrazo, y el no menos cordial amigo de la jorga de nuestro tiempo, Máximo Acosta. Luego, entre los que esperábamos, se nos agregó Raúl Hidalgo. Vaya!, con éstos bastaba para pasar bien las horas y formar un grupo aparte de entera confianza.
A sentarse, pues, camaradas! Había mucho que observar y de qué conversar. Cuánta confusión de percepciones y suspensos en la mente, en reuniones así, tumultuosas y varias! Se interponen los desconocidos; la atención se dirige a los nuevos, a los que nunca se ha visto, y, sobre todo, a los que parecen inabordables, porque se consideran colocados en un plano superior. Por ejemplo, la casualidad hizo que al cruzar, un rato de esos, la nutrida sala, distinguiéramos, entre los excelentes conocidos, a un ilustre personaje, el escritor Díaz Caicedo. He ahí que el maestro había querido honrar a la reunión, concurriendo entre tanta gente mediana y pequeña, como se supone en toda una colonia de provincianos.
-Caramba -dijo Raúl Hidalgo-, aquí ha estado esta gloria nacional-. (Sí, allí estaba con su pariente ricachón Patricio Montenegro).
La vista de aquél trajo a la memoria de Raúl un pequeño capítulo de su estadía en Buenos Aires, adonde él se fue después del bachillerato, aventurándose, en pos de buena suerte. Yo también conocía, desde muchos años atrás, al destacado escritor Caicedo, por lejanas relaciones en la tierra natal.
A pocos momentos, atravesando la sala, Caicedo vino por donde se hallaba nuestro grupo, poniéndome en el caso de saludarle y querer estrechar su mano. Yo esperaba que sucediese lo propio con el amigo Hidalgo que estaba junto a mí; pero Caicedo hizo como que no lo reconocía y entonces estuve pronto a para presentárselo, diciéndoles: ¿no se conocen? Caicedo fijó sus ojos en mi amigo y, con un mohín despectivo, ladeo la cabeza, alzando los hombros; pero, reponiéndose al instante, encaró a Raúl, a tiempo que le extendía la mano como quien ofrece una dádiva. Me sorprendió tal actitud. Qué decir de Raúl, que se quedó perplejo. Díaz Caicedo pasó en seguida a reunirse con gente de mejor calidad para él.
-¡Cosa para rara! –dijo Raúl.
-¿Qué te pasa? –preguntéle.
-Algo que me extraña y no me lo explico. Debes saber –Diego- que hemos sido conocidos y que este señor (refiriéndose a Díaz), cuando yo hacía de cónsul honorario en Buenos Aires, me dio oportunidad de estar con él y de atenderlo como pude. Hablamos como amigos, en buen entendimiento; la entrevista se prolongó hasta traer recuerdos de nuestra tierra y siendo tú el amigo común, no faltó por mi parte una alusión a tu persona; y ahora, ¿qué sucede?: como que nunca hubiese acontecido eso.
-Quiero tu parecer, Diego. Tú debes conocerle mejor.
-Ah!, esto de tratar de la índole secreta de las personas es cosa muy compleja y que a veces da sorpresas inauditas; ¿acaso no estamos cargados de decepciones y de una natural dosis de hipocresía? Dadme uno, Raúl, que sea cabal, enteramente sincero y consecuente. Si en mucho nos salvamos quizás nosotros, los de nuestra “jorga” íntima, los demás, que forman el mundo de relaciones de toda clase y de los más variados intereses, son amigos relativos, de ambigua apariencia. Nadie puede confiar plenamente, de uno a otro, en tan diferentes círculos. He escuchado entre personas expertas en la humana inconsecuencia y en el arte de la simulación –una segunda naturaleza- a alguien que dijo una ocasión… “Si no podemos creer ni en nosotros mismos”.
Entonces, ¿qué hacer, Raúl? Hay que dar por un hecho la traición, el engaño, la falsía, aparte de otros vicios insospechados e inconfesables. Esta es la palabra: inconfesables. Porque lo que se muestra, lo que se aparenta, cosas que tienden a exaltar supuestos méritos, y lo que se disimula, lo que se oculta y se refunde en la entraña pecadora, es más frecuente la codicia, el interés aliado a todos los medios condenables, la ambición sórdida y asquerosa, que se contrapone a la noble ambición. Acerca de todo esto y lo mucho que ello implica, podríamos escribir numerosos libros, sin agotar los temas. Así que no te sorprendas y no te desalientes, Raúl.
-Lo que precisa (siguió observándole Diego Bernal) es crearse, entre las infinitas realidades del mundo social, una estructura de adaptación y defensa, sin ladear ni destruir lo bueno, en sus posibles formas.
-Me place lo que acabas de decir -repuso Raúl-, pero quiero que no te desvíes de mi pregunta y te contraigas al caso de algunos grandes “intelectuales”, dándome tu opinión.
-Pues bien. No quiero profanar el Olimpo, hablando de nadie en particular. Yo, desapercibido y débil insecto, no puedo atreverme contra ningún escritor consagrado. Por razones que tu comprendes, no puedo pronunciarme concretamente acerca del escritor Díaz Caicedo; pero creo que el sentido general en que te he hablado antes comprende, en ciertos aspectos, casi a todos. Tengo para mí que el vicio principal que afecta a algunos de los que llamamos “consagrados” es la vanidad, que está contra la esencia del hombre. Y pienso que esta vanidad se ajusta –como camisa distinta amoldada a cada cuerpo- a dos clases de estratos o grados: una de los escritores reconocidos que, por consagrados (vuelve el inevitable término), ofician como guías y supremos sensores que crean o destruyen prestigios, dentro de un común consenso, algo así como lo que contemporáneamente se ha venido en llamar el “Boom” literario; y otra, la de los escritores iniciados que, progresivamente, van adquiriendo ascenso de calidad, y constituyen una categoría subalterna, auspiciada, beneficiaría del juicio de favorable de los escritores guías.
-Según esto, ¿cómo explicarías la actitud de Caicedo?
-Vaya!, si persistes en tu insistencia, Raúl, te diré que ello es muy claro y simple. Si observas quiénes no están tomados en cuenta dentro de estas categorías, y si consideras que la vanidad característica de ciertos escritores claves (no de todos) adolece, además, de una falla fundamental: la de no presuponer las posibilidades múltiples e invalorables de la personalidad humana, que están en potencia, te explicarás lo que tanto te intriga. Hay celebridades que piensan que quien nada ha producido es un tipo cualquiera, que no merece ser tomado en cuenta. Por esto, se hace necesario el elogio, el adulo al pretendido genio, para poder alcanzar de él la reciprocidad de una lisonja, de un incipiente juicio favorable, y así ir creando fama. Por cierto, los grandes escritores, los verdaderamente grandes, que se han creado por sí y para sí, han sido genios solitarios, indiferentes a los homenajes y a los premios consagratorios.
Tomó parte, en esto, Manuel Gutiérrez, quien apuntó una observación también digna de ser considerada, y nos dijo: “¿Cómo es que algunos altos escritores, como Díaz Caicedo y otros que conocemos en la época actual, cuando se topan con celebridades mundiales –supongamos: un Premio Nobel- deponen su orgullo y se tornan sumisos en la jerarquía intelectual? ¿Será esto por humildad?
-No creo que sea por humildad, contestó Raúl. Lo que pasa que el verdadero mérito se impone, y cuando ha ganado trascendencia mundial, su reconocimiento no admite réplica contraria. Un esquema abreviado nos indicaría que la escala ascendente de los valores lleva al elogio progresivo, y, correlativamente, el orden descendente en la misma serie aumenta el menosprecio de arriba abajo. Esta es la pirámide de las reputaciones: en la cúspide el genio, sólo que éste es más humano, noble, clarividente y, como tal, comprensivo y hasta humilde; en la base la gran masa común que lo sostiene y cuya naturaleza múltiple el genio interpreta, trasluce y sintetiza, fundiendo las fuerzas ocultas como en un crisol, para irradiar la esencia de luz.
-Tienes razón, asintió Gutiérrez. A mí también me ha hecho pensar siempre el por qué algunos literatos notables (habiendo muchos que salvar) se vuelven menos humanos en su celebridad. Llegan a formar algo así como una clase aparte; se vuelven seres como de otra especie, que miran –no digamos al común de las gentes- a sus relacionados, incluso a ciertos amigos, muy por lo bajo, como si éstos les pareciesen simples cosas. Pero, en cambio, si se hallan frente a iguales –digamos, como si se reputasen en el equilibrio de una balanza- el trato, las consideraciones mutuas, son de cordialidad y admiración inefables; hasta me atrevo a pensar que en ello acaso no juega mucho la amistad sino el interés recíproco. Si cambia el contrapeso de la balanza y uno se considera mejor que el otro, su tono ya varía manifiestamente: por algún lado aflora el aire de pretendida superioridad. En cuanto a la gente común, a los grandes de toda clase casi no les interesa la masa, si ésta no les sirviere de escalón, como a los políticos. En suma: el grande menosprecia al inferior y reverencia al hombre considerado superior; esto, en forma melosa y falsa, porque en el fondo está el áspid de la envidia. ¿De qué nos sorprendemos, entonces, si tal es lo corriente?
-Vaya!, hemos llegado a filosofar un poco, siendo apenas unos pobres “chagras”. Y es que, aunque no lo piensen los que están muy arriba, la gente de abajo observa y calla y es muy sensible a los impactos de los complejos ambientes sociales.
-Bien, pues, -agregó con chistosa camaradería el paisano Gutiérrez- si hemos venido a tijeretear sigamos amenizando nuestra reunión. Quisiera saber si hay intelectuales puros.
-¿A qué es lo que aludes?
-Quiero decir puros en el sentido de estar libres del egoísmo, de la codicia, del sórdido interés.
-En el medio circundante, en la realidad social, dondequiera que se mire, casi no se encuentran esos planos ideales y si los hay son muy raros –observó Máximo Acosta, que hasta entonces había permanecido callado-. Yo he podido darme cuenta de que, en materia de calidad intelectual, hay antípodas sorprendentes entre el pensar y el obrar, entre lo que se dice para el consumo de los demás y lo que se hace para el propio provecho. Donde parece que hay altura, celebridad, fama, si bien se mira hay siempre un doble aspecto, salvo excepciones honrosas, en todo caso: una es la personalidad para el consumo de la fama, y otra es la personalidad interna, secreta, que se mueve entre bastidores, en los escenarios privados; una es la personalidad para el consumo exterior, notorio, expectante, y otra la personalidad de casa adentro, para el consumo íntimo.
-Esta materia ya huele a artículo comercial –dijo el bueno de Raúl-. Sí; desde que un genio diabólico inventó el dinero, ya no hay salvación posible: el mundo se corrompió y así seguirá siempre. Ya no se puede hablar de ideologías puras. El talento, la ilustración, la fama, sólo sirven para el ídolo maldito… De ahí que no haya ideologías seguras y honestas, como se observa, por desgracia, con tanta frecuencia. Más vale a veces el hombre sencillo, sin ilustración, el hombre común, el campesino que por su propia llaneza suele ser más noble, más sincero y más honrado.
-Según esto, el talento, la ilustración, ¿para qué sirven? (intercaló el amigo Acosta).
En este punto intervino Humberto Morales:
-Pues, por lo que veo y he experimentando, el talento y la ilustración sirven mucho cuando se dirigen al bien; pero son funestos y constituyen una amenaza cuando se emplean para satisfacer la codicia y los intereses sórdidos, si bien observó que este campo no es exclusivo de la ilustración y el talento unidos. El talento para el mal conoce todas las escalas. La simple viveza, entre la gente común, explota hasta el llanto, que debe ser tan solo expresión sublime del dolor. La idea de llorar fingidamente y de “utilizar las lágrimas” (expresión propia de Dostoiewsky), para sacar provecho, es algo que está en el simple sentido de conveniencia de algunas gentes. Para esto no se necesita ser sabio ni intelectual; basta la práctica en el tráfico del engaño y el fraude, sin borrar la conciencia del mal. El fraude jurídico, quiero decir: el que se confunde con la apariencia de la legalidad, queda para los letrados. ¡Quién lo creyera, hay casos en que se utiliza la ley para encubrir el fraude!
-Volviendo a aquella monstruosidad (continuó Humberto), hay que insistir en que se venden hasta las lágrimas. Y así también se vende la propia persona, se vende el honor, etc. ¿Es pues, pues, el dinero la causa de tantos males y vicios entre los hombres?
-Yo agregaría, observé, -no se olvide que soy Diego- que el dinero moldea a muchas gentes, como se moldea un becerro de oro. Sólo que la escultura humana que labra el dinero es chocante y repulsiva: “efecto de la abundancia en pechos viles”. Lo muestran algunos rostros humanos: la inflación campea en ellos. Sí: la inflación en rostro humano es uno de los rasgos clasificadores por excelencia, para encasillar la holganza, la presunción, la soberbia, aunque por excepción admite la bonhomía. Con ese elemento clasificador, en aleación con otros caracteres, me sería fácil identificar por vez primera, sin haberles visto antes, al que es banquero o prestamista, al comerciante acaudalado, al alto funcionario, al político dominante u oligarca, pues me ayudarían signos indicadores que casi nunca faltan, como el firme y ostentoso andar, los robustos carrillos o el bigote agresivo, el gesto despectivo y la mirada altanera e insolente en rostro opulento, así como puedo reconocer, por primera impresión, a un hombre bueno por su modesto continente.
-Si así es en la vida real, ¿qué acontece en el arte? –inquirió Humberto-, y él mismo se lo explicó a su manera: El arte es como la vida: una suplantación de la realidad, aunque, en esencia, representa lo real. Y las personas, particularmente, ¿qué son? ¿Se nos muestran en su ser íntimo o como suplantaciones del propio ser? Bueno. Les diré que la serie de máscaras que encubren las personas es inconcebible e infinita. Unas caretas hablan en el arte escénico, con sorprendente simulación de lo real. Vemos que todo puede simularse, con increíble facilidad. Es el mundo del artificio. Pero cada quien suplanta, de algún modo, su propia persona, cuando las circunstancias lo exigen. Así que nunca podemos ver al individuo natural por entero, a cada persona en su propio ser. La realidad íntima tiene que verla cada uno, en sí mismo.
Con un bostezo que denotaba desengaño, nos levantamos para ir a buscar una mesa donde escanciar algún licor fuerte que nos diera sosiego y estímulo para continuar nuestra conversación.
Al cabo, entre repetidas copas, sentí nostalgia avivada por el recuerdo de los condiscípulos de nuestro tiempo, entre los cuales faltaba el poeta Ríos. Manuel Gutiérrez, que estaba asentado en la capital, debía saber del poeta, distinguido compañero de banca en el “Bernardo Valdivieso”.
-Tú que vives en Quito, ¿has visto a Ríos?
-Para decir la verdad: cuesta trabajo encontrarle y no he dado con él.
-Qué lástima. Tan buen camarada que era. Aquí mismo, en la capital, -dijo Acosta- hace muchos años, en una de esas primeras venidas de provincia, cuando la ciudad nos asombraba con su tranvía eléctrico que hacía la delicia de su lento y suave transporte acuérdate, Manuel, que llegamos a encontrarnos en la Plaza Grande con nuestro compañero Ríos, quien nos invitó a pasear y juntos fuimos hasta la Terminal de cerca de Cotocollao. Desde, entonces, en tanto tiempo corrido, ya todo se ha vuelto distinto. ¿Habrá llegado a sufrir enfermedad de altura nuestro querido poeta? Verdad es que ha escrito buenos libros y ha surgido en política. ¿Será esto motivo para cambiar de genio y desconocer a los amigos?
-Lo sentiría. Eso no puede ser –respondió Gutiérrez-. Cuando formábamos el grupo íntimo, en el colegio, nos autocalificábamos como “los ingenuos”, por sinceros y leales.
-Ahora podemos denominarnos “los relegados” –dijo irónicamente Raúl-, o más propiamente “los anónimos”, porque ninguno de los que aquí estamos ha publicado un libro, que es lo que da patente de cultura, como en cualquier industria. Somos los individuos X, Y o Z; en un número común: O. Y esto no hay cómo remediarlo mientras no se pueda editar la personalidad que llevamos dentro. Porque no se puede negar al incógnito su personalidad. Sólo esto faltaría: que teniendo la calidad humana se piense que uno no la tiene. Sin embargo, hay un término, acuñado por los “grandes”, desde antiguo: “ése es un don nadie”.
-Entonces, asentimos, somos lo que somos y no somos nada. Por esto, los más buscan ir por los caminos prácticos: lo primero, hacer dinero a toda costa; segundo, actuar en política con todo descaro; tercero, escribir un libro como quiera que sea. Ahí tenemos a Patricio Montenegro, a quien acunó la fortuna, que ha reunido estas tres cosas, entre otras preciosidades. Con buena posición y abundantes caudales, los indios y los comités de amigos gorrones, a quienes él llamaba “mis hombres”, lo hicieron diputado. Siendo rico y sabiendo triunfar en elecciones, ¿por qué no había de ser también un literato? Pues escribió un libro. La crítica auspiciadora de casa adentro le hizo gran elogio y, con esto, sin más, pasó a la antología.
-Excelente, concluyó Raúl. Queda demostrado cómo hay que ser y saber actuar para conseguir celebridad y dicha.