Amito señor


Amito señor
-Buenos días, su mercé.
-Ven, Mariano. ¿Qué quieres?
-Solamente preguntar a su mercé si mismo va a mandar uy día las bestias de silla para que venga familia de ñora Rosaura, sobrina de Mama Grande, para ir a coger animales.
-Anoche te dije ya que esto tienes que hacer y todavía me preguntas, indio zoquete.
-Bueno, perdone no más patroncito, como su mercé manda.
Doña Ursula Castañeda, a quien llamaban Mama Grande, fue casada con el rico señor don Santiago Montenegro, hermano del padre de Patricio. Viuda sin hijos y dueña del enorme dominio de “Bellavista” constituyó como su único heredero a su sobrino Patricio, tomándolo a su cargo y cuidando desde la más tierna infancia, por haber quedado huérfano. De ahí que Patricio, desde su temprana adolescencia, mandaba y disponía en el latifundio como parigual de doña Ursula.
Patricio Montenegro, el joven amo, frisaba apenas por los catorce años de edad, pero, como muchacho amamantado y crecido en la fortuna, estaba ya muy consciente de su señorío. Tipo de una clase amasada en la tradición feudal, traía su vanidad moza, precisamente, de la opulenta situación en que le tocó venir a este mundo. Niño feliz, ajeno a toda clase de sufrimiento, era la encarnación del “niño bien”, rodeado de mimos, adulos y comodidades de todo género. Su textura mental y sicológica, moldeada en ese ambiente de privilegio, tenía que llevarle, cuando estuviera más crecido, a la clasificación que cabe en las gentes que están a merced del poderío de un sujeto dominante y absorbente. De ahí que mozo terrateniente contara, en primer lugar, con la clase más baja y más pobre, a la cual llamaba “la indiada de mi hacienda”. Luego, saliendo del plano de los hombres cosas-propias, venía otra clase subalterna, un poco superior: la de los amigos gorrones, a quienes estimaba Patricio por los grados de servicios que le prestaban. Si habláramos en términos escolares, como se ha acostumbrado en la niñez, llamaríamos a éstos “los adulones”, denominación que se ha pegado particularmente en ciertas gentes campesinas para designar también a los individuos que alguna condescendencia prestan al patrón. Y por último vino para Patricio, cuando hubo completado su retoque de señor enteramente formado y pensó que le estaría cabal terciar en política, una tercera clase que formaba mezcolanza entre los llamados partidarios y los paniaguados de toda índole que rodean y escobillan al poderoso. A estos individuos les llamaba Patricio “mis hombres”, aleación ocasionalmente leal y servil para sacarle avante en elecciones.


Es fácil adivinar la personalidad de este Patricio Montenegro: su carácter preponderante y pretencioso, sus maneras y pasiones que no admitían cortapisas, pues siempre quería sentirse satisfecho como individuo nacido para mandar y disponer de todo. La indiada de la gran hacienda contestaba sumisa al “chiquillo”, como también nombraban los cholos a su señor. A cada orden que él daba, la consabida respuesta: “bueno, patruncito, como mande su mercé”. He aquí un claro exponente de guambra gamonal, como tantos había no mucho tiempo atrás. Acaso los haya aún en nuestra sociedad semifeudal que demora en sus postrimerías.
¡Hay del indio que no cumplía de inmediato lo que Patricio ordenaba!: su expresión habitual era un fuerte “¡carajo!”, con un puntapié en el trasero, para enseñarle así que otra vez haga las cosas bien y pronto.
Ya me lo había pintado, en ciertos modos, su pariente Humberto. De ahí que, cuando él me puso sobre aviso de que había anunciado a su primo que iba a llevarme de paseo, yo me pusiera contento, curioso y anhelante.
***
Hermosa, en verdad, la hacienda “Bellavista”. Me sorprendieron y extasiaron sus extensos y bellos parajes, lisos y verdeantes, tapizados de grama, cual corto y fino césped. Toda llanura extensa y verde, como las azules y lejanas montañas, cautivan y expanden el alma.
La casa antigua del fondo, solemne en su vetustez, con su largo y espacioso corredor, encabezado por un viejo oratorio, daba de inmediato la impresión extraña y sugerente de las viejas mansiones de leyenda. Era la sensación inexplicable de haberse escapado uno de lo pequeño, humilde y limitado, para caer, de repente, como por encanto, en el ámbito de lo augusto y opulento, que vuelve más serio y venerable el musgo de los años y la pátina inmemorial labrada por el tiempo, aquí y allá, con barba de siglos. Para mí, el muchacho de entonces, salir del pobre cuarto dormitorio, de la pequeña casa materna, en la calle silenciosa y muerta, para ir al inmenso escenario campestre de un alto señorío, era una cosa ideal, extraordinaria, eufórica. Por las noches, en la penumbra que apenas iluminaban los quinqués, me parecía escuchar desde la parte alta de la casa que remataba en balcones carcomidos, sobre un denso platanal sonoro, los pasos o aleteos de inevitables espectros que imponía la imaginación, y esperaba, con secreta inquietud, ver desfilar confusamente las sombras fantasmales de viejos abolengos.
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Cuando llegué con Humberto a “Bellavista”, encontramos ahí a la familia invitada: don Roberto, doña Rosaura y sus tres simpáticas hijas.
Salió a recibirnos Patricio Montenegro.
-Me alegro de que hayas traído a tu amigo Diego -le dijo a Humberto-, como para infundirme confianza.
En efecto, su acogida, sus palabras, disiparon la nube de recelo que hace poner en guardia, como tras de una cortina, al extraño que se presenta al trato con una persona prepotente. Yo estaba imbuido del ánimo ambiguo que suscitaron en mi las palabras de Humberto cuando cabalgábamos a “Bellavista”: “Si pasas por alto su puntillo de suficiencia, como gran ricachón que es, encontrarás en gran parte agradable su trato”.
Yo no descuidaba observarle. La primera nota que me dio, ante la familia de don Roberto, fue la del joven que se siente importante y que debe ser admirado. Esta presunción iba secundada por la alegría que no podía disimular don Roberto, ante las atenciones que recibía con su familia en casa del anfitrión.
Tipo genial -Patricio-, le gustaba agradar y ser admirado. Para esto encontraba abundante cantera en las conversaciones y referencias sobre personas que estaban lejos de oírle. Tenía un don especial de contar las cosas con seriedad y amena impavidez, dando especial relieve a la exageración de los caracteres. Ponía énfasis sonoros, ademanes y gestos rotundos que ponderaban en demasía los vicios o aspectos físicos de las personas, con el ánimo manifiesto de ridiculizarlas, haciendo reír a los contertulios. Creía que esto le daba importancia de gran conversador, pero dejaba en los demás buenas y malas impresiones: agradaba y disgustaba. Tendía a ser un intelectual peligroso que si escribiera dañaría reputaciones o exaltaría falsos valores. Este es el concepto que me formé de Patricio Montenegro, desde que le vi.
La temporada en “Bellavista” decurrió en placenteros paseos, juguetones e inocentes goces; tan inocentes y puros que un día, discutiendo al final del almuerzo -en la gran mesa que llenaban los concurrentes- se derivó la estrafalaria e infantil cuestión de saber si eran más fuertes los hombres o las mujeres y se acordó zanjar las diferencias con un pueril desafío a “las aluchas”, desfilando todos al potrero llano. La lucha se entabló, en un solo agarrón, con caídas y levantadas, quedando en un instante definida la apuesta por la supremacía de los varones.
Fue un decurrir tranquilo e inocente. Por ningún lado, en aspecto alguno, mostró su índice la malicia. Cosas de muchachos y nada más. Ni en el “amito señor” se notó asomo de pecado. Sus conatos de sensualidad aún no salían a flote. Si acaso ya existían en él no se revelaban todavía en manifestaciones audaces. Había de ser algún tiempo después, cuando ya estuviera entablado el “chiquillo”, a fuerza de buena y selecta alimentación, cuando su energía sexual latente se mostraría pletórica y agresiva.
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Pasó el tiempo de prolongada amistad y en nueva ocasión se repitió la gracia de ser invitado por Patricio Montenegro. Fue una circunstancia luciente y muy satisfactoria para él, que aumentaba su vanidad y prestancia, pues se proponía estrenar con familiares y amigos la posesión de una hermosa villa adquirida con recursos acumulados a favor de Patricio por su anciana y generosa tía, doña Ursula de Montenegro. Como en la vez pasada, fui llevado en compañía de mi amigo Humberto y no podía faltar don Roberto y su familia, por el parentesco que les ligaba a Patricio.
Bonito paseo desde la ciudad cercana, hasta la pintoresca villa. El terreno de la quinta encerraba andenes poblados de árboles añosos y una cómoda casa de dilatado corredor. En un espacio del pasillo había estado ya preparada y servida la buena mesa para brindar a los invitados. Primero disfrutamos del buen ambiente de la granja. Juana, la hija mayor de las tres hermanas, era atractiva por la esbeltez de su cuerpo, su simpatía y sus bien contorneadas formas. Entre ella y don Roberto que ocupó la cabecera, se situó Patricio en el un lado de la mesa. Yo ocupé puesto a continuación de Juana y Humberto se sentó junto a mí.
Esperanza, la menor de las tres hermanas, parece que gustó a Humberto desde la corta estancia en “Bellavista” y fueron naciéndole incipientes ilusiones que le habrán hecho pensar en ella. Sentada frente a él, en el lado opuesto de la mesa, era el blanco atractivo de la contemplación de Humberto.
Estábamos así, cuando, a pocos instantes, comencé a sentir leve movimiento a mi costado, como un temblor inquieto, precisamente al lado de Juana. Parecía que algo se suscitaba entre ella y Patricio. Era como un estremecimiento sordo y lento que, con insistencia oculta, se revelaba en esguinces escondidos que no escapaban a mi perspicacia, hasta que una reacción esquiva de Juana, que presionó a mi costado, me hizo ver que se defendía y ponía en guardia contra las manipulaciones secretas de Patricio que desplegaba toda su audacia, por lo bajo y sin escrúpulo. Luego, ya no pude dudarlo. Mi curiosidad prudente me llevaba a no perder la vista, de soslayo, lo que pasaba. Y todo se definió, en forma secreta por suerte, cuando la mano fuerte de Juana, en acto de resuelto valor y dignidad ofendida, tomó el atrevido brazo de Patricio, que por detrás la envolvía, y con esfuerzo rápido y decidido lo apartó, inmutada. Este admirable rasgo de valor de la guambra, que salvando las circunstancias puso a raya la temeraria salacidad de Patricio, dejó nuestro reducido ámbito en normal y secreto sosiego, no conturbado por signo alguno de advertencia.
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La vida posterior de Patricio encontraría buen pasto con que cebar su lujuria en las llamadas “longas”, mocitas de trabajo de hacienda, y en las muchachas del servicio doméstico, a quienes arrebataba, sin derecho a retribución, el bien muy personal y único de la virginidad. Caían dondequiera las jóvenes indiecitas: tras los setos y chaparros de los extensos potreros o en los cuartos poco frecuentados de la casa grande.
Elena, la criada quinceañera, servía al “chiquillo” el café, todas las mañanas, en el abrigado y acogedor dormitorio donde al patroncito le agradaba prolongar su reposo hasta las ocho o nueve del día. Le tentaba a él la blancura de su criada, sus carnes llenas y frescas. ¡Qué iba a resistir el impetuoso amito, ardiendo en vitalidad su instinto, el gratuito obsequio de las formas de Elena! Había de llamarla. No tenía más que ordenar.
-Elena, retira el charol con la vajilla y allégate para que empieces a arreglarme la cama de una vez.
La moza, obediente y sumisa, se acercaba. Patricio aprovechaba, entonces, para asirla de un brazo y halarla fuertemente hasta hacerla caer en el lecho. Instrumento dócil, no podía resistir y quedaba ahogada toda protesta… En su humildad de cosa servil, acaso la longuita tuviera a mucha honra satisfacer también a su apuesto amo.
Después serán otras; será la hija del mayoral que aceptará todo con tal de que el patroncito le conceda criar más animales que los que el mayordomo quisiera mantener en el extenso campo; y serán, una a una, algunas pobres señoritas solteronas que viven de la munificencia de Mama Grande, que las hospeda, las alimenta y las sostiene en la amplia casa de “Bellavista”.
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Con los años pasados, muchas cosas cambiaron; se enrareció la amistad entre Patricio y su pariente Humberto, por diversidad de posiciones, y con ello sobrevino también mi alejamiento. Patricio, adolescente del todo formado, se rozaba con señores de alcurnia que habían superado su primera juventud. Le veíamos con aristócratas y ricachones mayores a él, caminando a su lado, los domingos, luciendo en las calles los bastones que usaban en ese tiempo. Patricio, al lado de los altos gamonales, parecía él mismo un bastoncito humano.
Así se hicieron menos frecuentes las ocasiones de estar con nuestro amigo, hasta que una vez, al cabo de tiempos, se presentó no sé cómo la oportunidad de volver a reunirnos Humberto y yo en el cuarto de Patricio, solamente los tres, para departir con él con la franqueza y expansión de la antigua amistad. En el tiempo intermedio ya habían corrido sucesos y aventuras que trae la vida.
Patricio no ignoraba que en su primo Humberto había prendido un claro y definido amor que lo alentaba hacía ya bastante tiempo, por Esperanza, la hija de don Roberto. Sin embargo, al franquearnos en la conversación con Patricio, no fue, como lo vimos luego, para sostener una noble reunión de amigos, sino para darse él la satisfacción principalísima de hablar de sí mismo. Nos preguntaba algo, escuchaba; pero lo nuestro, al parecer, no le interesaba. Daba rienda suelta a todo lo que hacía relación a su persona. Nos brindaba copas, una tras otra, y se notaba, conforme le bullían más las palabras, que su cerebro se iba acalorando, hasta ponerse febril en sus pasiones.
Cuando salía a cuento el hablar de una que otra chica, ¡ah!, él era el preferido, el sobresaliente en cuestiones amorosas. Un rato de esos se deslizó sin freno a hablar de intimidades absurdas, en el sentido de extralimitarse hasta profanar el recóndito fondo de púdico secreto que debe haber en confidencias amorosas, por íntimos que sean los amigos. Así, en forma insana, con ojos turbios, un tanto irritados por el alcohol, volviéndose a Humberto le dijo que a una de las amigas de nuestra referencia la había acariciado y palpado hasta en lo más oculto y profundo…
-En cuanto a la otra, a la que tú quieres -le dijo a Humberto que estaba como alelado- no, no he llegado a eso, “solamente la he besado”.
Humberto quedó como privado de sentido, petrificado en su silla, sin que pudiera responder nada sus labios. No reaccionó en iracundia, porque en su interior estaba cierto de ser honestamente correspondido en el amor de la muchacha y le ahogaba y le oprimía la enormidad de la vanidosa presunción de quien ya no volvería a ser su amigo. Estaba a las claras que Patricio estimaba como una amable y deferente concesión a favor de Humberto la pequeña declaración que acababa de hacerle. Yo quedé, asimismo, sin voz y sin palabra, como mi amigo Humberto, ante el vano e insolente engreimiento de aquel vanidoso señorito que jamás volvería a pesar en nuestra alma en calidad de amigo, ni como el pudiente “amito señor” a quien la vida se encargaría de destruir.