Fotos de las fotos que hice con la YASHICA FX-3

Empecé a hacer fotografía amateur con la YASHICA FX-3 y los lentes Yashica que vinieron incorporados al flamante combo de entonces: DSB 135mm, ML 50mm, DSB 28mm. A este juego de lentes se añadió el HANSA AUTO ZOOM 24-42MM, adquirido a precio conveniente en un kiosco anónimo del Rastro de Madrid. Hablo de una reliquia perteneciente a la ya descontinuada fotografía analógica; luego de años de solazarme con sus bondades, llegó la era digital y con mucha pena tuve que recluirla en su sarcófago.  Era el fin también de una época de viajes por las altas cumbres de los Andes ecuatorianos. Dejé de usarla del todo, y creí que con la decadencia de la YASHICA también había llegado el momento de olvidarme de ese divertimento andante. No fue así, me hice de la NIKON D80, lente 18-135mm, que he renovado con el lente 18-200mm, aquí una muestra de fotos de las fotos que se amarillean en los álbumes de la YASHICA FX-3. 


Amaneciendo en el ascenso a la cumbre del monte Corazón, capturé un mar de nubes sobre el valle de Machachi y, al fondo, la silueta del Cóndor de Piedra.     

Foto parroquial 1

Redondel de la vía al Quinche y la vía al Aeropuerto Mariscal Sucre. Dando los últimos toques alrededor de la escultura Mirror Men (Hombres Espejo) recién instalada,  obra del artista coreano Young -  Hoo Yo.

Parque Metropolitano Guanguiltagua

Ingresando por el tope de Bellavista Alta, pasando la Capilla del Hombre

Piedras negras

Piedras negras en la orilla volcánica de la zona Las negritas, isla San Cristóbal.

El Altar: joya geológica y poesía


Al abrigo del venerable Polylepis me tendí a contemplar el valle artesiforme de Collanes, volé hasta dar con la caldera de la Montaña Sublime, el circo abrupto de roca oscura de Los Altares venía bañado de neviza y glaciales colgantes, de nubes pardas y el celeste tenue de una tardecita bonancible, rara por el inusual clima primaveral que se dio en una zona a menudo hosca e inhospitalaria con los visitantes. Estando el frío Eolo de vacaciones había que tumbarse a sestear frente a los beatos colosos formando la media luna de ápices enriscados en pos del llameante sol de los  venados. 

Poesía de Víctor Arias Bermeo



Visión
En aquella época
recorría los caminos
tratando de poblar como ermitaño
un bosque negro y su montaña.
Nací huraño y, como todos, niño;
por ello, me salvó del despeñadero
una sonrisa larga y sincera,
a la que debo mis ilusiones.
Hoy, encerrado en la jaula citadina,
aún añoro emprender una larga huida,
por el caudaloso río de la memoria,
hacia los confines de mis pensamientos.
Pero la visión del filósofo,
solamente encuentra, todavía,
ruinas y campos áridos
que no alcanza a redimir,
en su emoción vesperal.

Relatos de José María Bermeo V.


Fantasías



“¿No voy más bien a adelantar los brazos hacia el fantasma de una sombra?” Francois-Paul Alibert.

No todo estaba perdido para Diego Bernal. Aunque confinado en el otoño amarillo de su viudez, gustaba de su soledad, sumida su alma en el mundo de nostalgias del pasado y abierta a todo lo nuevo que aún pudiera ofrecerle la vida.
Se había formado un reducto campestre en la antigua heredad de familia. Amaba el campo sobre todas las cosas, y mientras en él tuviera paz, luminosidad de sol, cielo abierto y azul, se sentiría siempre feliz y tranquilo. A su alrededor, las perspectivas de variados paisajes y dilatados horizontes llevaban su espíritu, en dulce vuelo, hacia éxtasis interiores. En esta paz serena y contemplativa, le sorprendió una mañana de septiembre su amigo Humberto Morales, que no dejaba de visitarle de cuando en cuando.
-¿Tú por aquí? ¡Vaya! ¿Qué nuevas me traes?
-Nada que no sea las vísperas de la feria en la ciudad; la gran feria austral. Y a propósito, hay cosas interesantes. Por esto he venido a verte y a llevarte, quieras o no.
-¿Qué cosas? Será lo de siempre. Calles con ríos de gentes venidas de todos los puntos. ¿Y qué…? Nada más que tumulto, polvo, suciedad, chucherías y chihuahuas.
-No; me gusta estar contigo, repuso Humberto; buscar la forma de que te distraigas. Ya verás! Vas a admirar en esta vez bonitas guambras en el desfile de modas. Veremos exposiciones. Tantas cosas más.
Abajo, el rumor del río llamaba a la contemplación del valle. Humberto no pudo sustraerse a esta sugestión. Abandonando las palabras, tornóse a contemplar y… Oh!, la vista del paisaje –dijo-.

Amaneciendo en el Quilotoa


En el páramo de  Zumbahua se encuentra el volcán Quilotoa, al fondo de su caldera volcánica yace la laguna homónima de aguas sulfurosas.

Mirlo del arupo

Aquí el ramoso y asombrado árbol de arupo (Chionanthus pubescens), floreciendo en la ventana del bípedo contemplativo. 

Lagarto y lagartijo

Es común observar al pequeño lagarto de lava junto a las iguanas marinas adultas, ambas especies son endémicas de Galápagos.  

Ostrero de isla Isabela

Ostrero Americano, sub-especie endémica de Galápagos, pescando en Playa Grande, isla Isabela.

Los cien años de Ernesto Sabato

Sólo para sabatianos, podría rezar el subtítulo de este texto basado en lo que he percibido de la potente trilogía novelística de don Ernesto. Aquí va el sencillo homenaje que le hago al caballero de Santos Lugares quien, habiendo sido eminente físico, doctor en matemática puras, temprano renunció a los laureles del desastre racionalista, no se resignó a ser engranaje de la maquinaria destructora del Antropoceno.

Sabato, anarquista cristiano, nos ha enseñado a resistir a la aplanadora del nihilismo consumista, a no ver en ese desperdicio un sucedáneo del paraíso sino la paila de la acumulación y la mendicidad. Él ha manifestado que lo razonable sería existir mil o dos mil años para saciarse de salud y cantarle a la Parca más alto que en Utopía. Tenemos a lo mucho cien años para acogernos al fin voluntariamente, o sea sin resquemor a eso que denominamos “muerte” y que en realidad viene a ser la comprobación, el sello irrefutable, de haber sido humanos. Don Ernesto fue un vividor. En Utopía, el sujeto que había malvivido y fallecía entre alaridos de angustia por dejar este mundo más miserable que nunca, era objeto de compasión y sollozos de sus familiares y conocidos, pero a los vividores se los despedía con suma alegría, entre cantos y loas.


Regio sería que le preguntemos en son de chanza al hombre que, recién cumplidos novecientos noventa y ocho años de vida, nos participa que está saludable porque no es oficinista, no acude a un centro de altos estudios borreguiles, no atiende talleres de yoga, al loquero le ha dado vacaciones perpetuas, ni se casa ni hace plata… “¿Dime, Shalva, has pensado qué vas a hacer de tu bulto en los próximos mil años?”. Si fuera así, don Ernesto, no dejaría de echar a la hoguera gran parte de sus escritos, quemaría lo necesario para desembocar en la trilogía que tenemos entre manos, entregándonos a razón de una novela cada quinientos años, y los últimos cuarenta lustros habría de dedicarlos a dialogar con la Parca, en Santos Lugares.

Huaque en manglar de Bahía Tortuga

Garza nocturna en los manglares de Bahía Tortuga, isla Santa Cruz, archipiélago de Galápagos.  

Galápagos en los humedales de isla Isabela

En los humedales de isla Isabela avisté a saludables ejemplares de tortugas gigantes de la especie endémica de Sierra Negra, Chelonoidis guntheri.

Picos Illinizas

Vista de los Illinizas desde el cerro Moruruco

Reserva Ecológica El Ángel

Oasis de frailejones en el superpáramo del Ángel, Carchi, Ecuador. Al fondo el volcán Cotacachi.

Garza Nocturna de isla Isabela

Huaque o Garza Nocturna, subespecie endémica de Galápagos, de hasta 60 cm. de alto y envergadura de 100 cm. Temprano en la mañana pescando entre mangles del sitio El Estero, isla Isabela, Galápagos.   

Huaque (extremo derecho superior de la  imagen panorámica del Estero)

Camino al muro de Las Lágrimas


El Muro de las Lágrimas se llama así porque  para lo único que sirvió fue para atormentar a los reclusos de la penitenciaría que funcionó de 1946 a 1959 en isla Isabela, Galápagos. Este punto del fascinante bosque seco de Isabela  fue el infierno de piedra de los reos sometidos a trabajos forzados, muchos no sobrevivieron para contarla.

Morurco

Cerro Morurco, cara norte. Montaña apéndice del volcán Cotopaxi