El chico de la rampa


El chico de la rampa
Mi amigo Ernesto Valdés despertó mi curiosidad y atrajo mi atención desde que fuimos compañeros de curso en el colegio. Allí se forjó nuestro acendrado compañerismo, abierto, sin reservas, a todas las confidencias. Pasaba ante los demás como un joven excéntrico.
Era lo que también llamaba mi atención cuando nos sentábamos en clase. No era su compostura la simplemente correcta; era más: meditativa, triste. Se abandonaba en el aula en actitud abstraída, con la mirada fija en posición longincua. Se conjugaban en Ernesto el temperamento reflexivo y el sentimental que en él preponderaba. Su tonicidad interior, afinada en la contemplación del mundo sensible, no se detenía en la superficie de los entes y de las cosas; resbalaba sobre las figuras, sobre las apariencias, para llegar al fondo. Su espíritu exigente tocaba la angustia, en veces. No se colmaba, en pleno embeleso, con el espejismo exterior de lo aparentemente bello, sino que se dolían su sensibilidad, su pensamiento táctil, su fantasía exaltada, tratando de encontrar la textura interior, simple, descarnada: la entraña repugnante y deleznable. Pensaba: ese bello rostro de mujer; esos ojos grandes que cautivan y, espléndidos, llenan las cuencas orgánicas; esa boca escarlata, coquetona y sensual, que luce en su sonrisa los dientes como perlas; esos senos exuberantes, frutales, móviles; esa piel tersa, fresca y nacarada, que dora lo blanco, como suave pétalo de rosa; esos muslos ondulantes, ese talle llamativo, no me engañan. Tras de todo eso está el esqueleto, están las vísceras repulsivas.

Borrachera



Durante unos momentos
las fantasías ocultaban al abismo
y el cataclismo de risas
nos precipitaba hacia las sombras
arrastrando con nosotros el universo
y todas sus estrellas.
El ritual se repetía
durante la mañana, la tarde, la noche
de los días, los meses, los años.
No ignoro la felicidad
de encontrar al sol en algún amanecer
repleto de sueños angustiosos,
no olvidados por inolvidables;
pero descender a los infiernos de la tierra
no era la recompensa que buscábamos
en las copas que vaciamos
y los tragos a cuya servidumbre
encomendamos inmensas ilusiones.
Adiós sabio océano de fulgurantes respuestas,
la lúgubre lucidez de las madrugadas
ya no es una necesidad del mundo
sino un vicio del alma,
al cual jamás condenaré.



Encuentro a la sombra de un arupo



Recorriendo las célibes arenas,
cada una esculpida por mis manos,
dí con la historia y geografía de mi mundo;
estaba desnudo, rodeado de mis pecados y mis
/obras;
hasta por Dios abandonado, ninguna fuente reflejaba
/mis máscaras heréticas.
En las torbellinos de polvo
mi rostro no se reconocía en otros rostros,
durante las noches había puesto mi destino en las
/estrellas y la luna;
negándome a que mi sombra me acompañara,
en los días que el sol, tacaño, me reconocía.
Un día, mientras caminaba por ese mar seco y sin sal,
me quiso enseñar sus secretos un pájaro pequeño,
porque deseaba albergarme al pie de su perdido
/nido.
Pude volar y la noche se hizo innecesaria,
despertando nuevamente mi pasión por lo infinito.
Pronto, juntos ya dominábamos el cielo
y aventurándonos en sus lejanos horizontes,
descubrimos, al pie del púrpura más triste,
las flores de un inmenso y fuerte arupo,
y, en él, al nido y la muchacha.



Noches del Hendaya


No había dado ninguna noche por perdida,
el misterioso encanto de la luz
me unía a la ciudad con su arrebatado firmamento,
siempre busqué la felicidad en cada trago consumido,
la oscuridad era mi estado y compañera.
Estaba cansado de vagar y bogar
por las mojadas calles de pavimento oscuro,
cuando encontré a la puerta de mi casa
el hogar de mis amigos,
el sitio de carnavalescas fantasías,
la vena abierta a quijotescas carcajadas,
el vestíbulo del cielo y el infierno.
Era el Hendaya, la habitación abierta a los sueños
/de un hermano,
el refugio para la soledad instigadora de mis vicios,
el pentágono de líderes rebeldes,
el viejo bar, imaginado, que murió siendo niño todavía.
Mi pacto con la sociedad
no contemplaba la destrucción de esa vertiente,
testiga del amor
y sus festines embriagados
llenos de semilúcidas ideas.
Adiós barra de madera aristocrática,
fin de mi juventud.



Dobleces


Dobleces
(Diálogo sobre la múltiple personalidad)
Nos lo habíamos prometido. Humberto y yo –dos viejos amigos- realizamos el concertado encuentro en la capital. Sabíamos donde nos encontraríamos allá. Humberto iba, como a su propia casa, a una residencia inmediata a una conocida residencia inmediata a la plaza “Sucre”, y yo hallaba hospedaje en casa de una amable dueña de cuartos de alquiler en la calle “Mama Cuchara”. Estábamos, pues, cerca el uno del otro.
Coincidencia y suerte de paisanos. En nuestra primera salida por las calles de Quito nos topamos con el cordial amigo ingeniero Duarte, que a la sazón presidía la Asociación Lojana.
-Hola!, cuánto gusto de verle, dijímosle, al par de los sendos abrazos.
-Para mí es la suerte, amigos, y en tan preciosa ocasión, tan a tiempo…
-¿Qué pasa, ingeniero?
-Pues que ustedes han llegado, como ex profeso, para celebrar las bodas de plata de la fundación de nuestra entidad. Así que me place invitarles a nuestro local, para la noche de hoy que se hará la exaltación de la reina electa de la Asociación. Ya saben: no faltarán, y no esperen invitación por escrito.
Humberto y yo nos alistamos al punto y, a la noche, estuvimos en casa de la Asociación para ver caras recordadas y caras nuevas de paisanos. Tanto tiempo desvinculados, sin saber nada de la gente de la capital y allá menos de nosotros. Eso sí, por la misma desvinculación nos sentíamos algo cohibidos, con la sensación molesta del espíritu huraño, aún no hecho a las circunstancias. Acaso los “chagras” que ya dejaron de serlo, se nos presentarían como en zancos, por sus buenas posiciones en Quito: unos con altos cargos del Estado, de ésos en cuyos despachos, sobre la puerta principal, se lee: “Aquí sólo se atiende de 4 a 6 p.m.”; y otros con lujosos bufetes profesionales que les da bastante importancia. Yo y mi amigo todavía no habíamos perdido el pelaje de provincianos. Todo esto nos traía una fútil y ridícula inquietud oculta, que no merecía que nos la confesáramos. A ver!: ¿quiénes podrían estar ahí? Entre los fueron compañeros en el “Bernardo Valdivieso”: Manuel Gutiérrez, el amigo con quien preparamos el grado de bachiller; Raúl Hidalgo, que había hecho viajes al exterior y debía lucir su importancia; Máximo Acosta, también probable concurrente y acaso el distinguido Patricio Montenegro, que estaba en toda ocasión solemne y gozaba de grandes rentas patrimoniales en Quito. Habrían otros de distintos rangos, a quienes el solo ambiente capitalino les diera lustre, y tal vez se animaran a concurrir también los grandes paisanos, que por su alta celebridad casi no asisten a esas pequeñas cosas.

El caballero que falleció sin sucumbir


De todos los instantes
admiro el de la muerte,
recordar un momento
todos los que viví y viviste:
¡poderte decir Padre de nuevo
y por vez primera,
revivir la fortaleza del músculo indomable
y la bondad de tu sonrisa
que seguía siendo inteligente
aun al transformarse en risa y carcajada!
El postrer beso resucitará a la memoria:
al ágil agitarse de tu cuerpo
en el duro bregar contra-corriente,
entre las ondas del río,
a veces tierno otras enardecido. Porque:
¡con enseñarme los secretos de la mar
y mostrarme las estelas de los barcos,
fuiste huella que sigue siendo huella
aunque toneladas de agua
la arranquen del océano!

Visión




En aquella época
recorría los caminos
tratando de poblar como ermitaño
un bosque negro y su montaña.
Nací huraño y, como todos, niño;
por ello, me salvó del despeñadero
una sonrisa larga y sincera,
a la que debo mis ilusiones.
Hoy, encerrado en la jaula citadina,
aún añoro emprender una larga huida,
por el caudaloso río de la memoria,
hacia los confines de mis pensamientos.
Pero la visión del filósofo,
solamente encuentra, todavía,
ruinas y campos áridos
que no alcanza a redimir,
en su emoción vesperal.